Cuando las musarañas no toman alcohol
Me he decidido a ser barroco, (esta palabra me trae a la mente otras palabras que ahora os miento, de barroco se me invoca un bar, una roca, un párroco, un pajarraco, el barro) , decidido y dedicado a ser retorcido, endiablado, ininteligible, a verter ramas sin hojas entre bosques de fauces de cobre que manen cascadas de fuego, dragones sin princesas, rojos sobre añiles, desteñidos artilugios que no vuelan, que trepan muros de arcilla rellenos de termitas, ¿no me entiendes?, es lo que pretendo, que sueñes, que no me leas, que cabalgues por do quiera, por tus mundos de hierba, presta ojos a las letras, pero vuela, yo te doy una palabra, tú alza tu mente abierta hasta el escenario donde se representa la magia de la verdad, retrocede, te encuentras en un pupitre, una escuela, desaparecido los alumnos, miras más allá de los cristales, no oyes la lección de ciencias naturales, vagas por el jardín del parque, te pones a jugar con los gorriones, a brincar entre la senda perdida, y notas en ese instante el dolor, inesperado, traidor, injusto, violento, te han cruzado la cara, una bofetada del maestro que riendo te ha preguntado si pensar en las musarañas te servirá para saber donde nace el río Tajo, y unas risotadas y unas lágrimas de porcelana y sueños rotos y la letra ensangrentada que expulsa a las musarañas, huidizas y secretas, y sale la rabieta encadenada que grita libertad. Rompiendo esquemas, volteando las piedras del camino, un abrazo en medio de un charco, un capuchino cremoso en el hemisferio con tiramisú, corretean musarañas entre las piernas, un beso a destiempo, el tiempo que anda de puntillas hacia atrás por el andén de la estación donde respira traviesa una aviesa princesa que está perdida en medio de la ciudad vieja, por calles solitarias, estrechas, iguales, laberínticas, sin modales, casas con identidad cuajadas de balcones donde lanudos perros blancos le ladran al son de una eterna decisión, bajan rosas por la cuesta, suben tamarindos hacia la iglesia, ay, que linda me pareces, no divago, desvarío, delirio, consumido por la fiebre del presente, acá, venga usted, compadre, que ahorita le presento a esta linda mujercita, es sumisa, buena chica, tiene un talento, dos talentos, tres talantes, es pedante, iluminada, hace malabares, teje cuadros en ruecas de pedales, que me encierren en un convento, rezaré por maitines y … , una leche, ¡ Todos y todas van vestidos iguales ¡ , quiero queso fundido, pan recién hecho, un beso, un viaje, ningún tatuaje, un paseo muy lento, un paraguas de talco transparente para mirar y que nos mire la gente, buñuelos de viento, huesos de santo, don Juan representado, la torre del homenaje galopando sobre los tejados, una cigüeña de pie esperando, arriba y abajo, es el momento, no un invento del tiempo, ahora, sueña con la playa, agua verde, verde sol, todo verde, hasta las miradas, incluidos los deseos, pintemos musarañas verdes con patas verdes y lengua verde, las escondemos en el jardín y nos ponemos a buscarlas, una caricia para quien la encuentre, vale tumbarse en la hierba y retozar y dar vueltas y dormir, no se vale llamarla por su nombre ni hacer trampas, ni usar un imán atrapa musas, se puede mirar entre las hojas del olivo, sin arrancar olivas, ó detrás de la oreja, sin morderla, me palpo la frente, está caliente, los labios abultados, las mejillas sonrosadas, una musaraña verde baila dentro de boca, haciéndome cosquillas en la lengua, se baña entre espuma de mar, toca las teclas de un piano al pasear por entre encima de mis dientes grises y desafinados, y por colofón usa mi campanilla como badajo de campana que repicara en una dulce mañana de un otoño señorial y campechano, ay, loca de vos, has querido encontrarla, atraparla con un beso, vuestros labios en los míos, y vuestra lengua la buscaba entre mi lengua, entre mi paladar goloso y ella se ha hecho aguadora, ha colocado su cántaro de néctar sobre su hombro desnudo de plata y lo ha derramado desde lo alto de la más alta torre del palacio hacia el foso negro donde habita la bestia sedienta del néctar, ambas se han puesto a jugar al ajedrez, musaraña y bestia, ¿Qué haces aun besando?, ella ya se fue de la boca, tunanta, el polvo del camino se hace frío en la madrugada, llueven cuchillos del cielo, el trueno rueda cual moneda hacia una alcantarilla cercana, una nana suena desde una ventana dibujada en la portada de un teatro, es verano, cantan las ranas en otoño, esto es fiebre, sin dudarlo, no hay alcohol en la sangre, no hay delirios crónicos, pero si una febril actividad, no hay excusas, es tan sólo un empacho de pistachos montados en un merengue desde donde los duendes se divierten en hacerte parecer demente, que curioso, con fiebre salen de paseo extraños cuentos de invierno gestados en otoño, llenos de musarañas a quienes les gustan … ¡Que diablos! , ser ellas mismas, así de extravagantes, extravagentes, idiosincráticas y raras, tal cual, cual musarañas.
Cuando pienses en musarañas, quizá encuentres a una verde, esa es mía, recuérdalo, me la saludas, le das un beso, mil abrazos, házmela reír a todas horas, a mi se me aparece muchas veces, se me aparece cuando tengo fiebre, cuando beso, y sobre todo, sobre todo cuando amo y cuando deseo.
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Besito.